Soñé que sería mi hogar, un hogar tan cercano como la yema de mis dedos, ahora separadas de mis manos, por el hecho de querer luchar contra un evitable, pero ignorado, culminante destino mundial. Soñé la pureza de un alma unida por todos nuestros espíritus, actualmente cabizbajos por el miedo a enfrentarse a la indiferencia ajena. Soñé con la libertad de aquellos inocentes seres que son castigados con pena a muerte día a día por el simple hecho de no poder razonar como la demoníaca mente humana. Sí, sabes a lo que me refiero, pero aún así no quieres aceptarlo por la falsa ignorancia e ingenuidad que predomina en este segundo en tu cerebro: Soñé que la humanidad abandonaría su estúpido egocentrismo racial y dejaría de asesinar a otros seres sintientes para saciar su interminable apetito.
A veces miro a mi alrededor y pienso: ¿Cómo es que hemos llegado a ésto? ¿Cómo, si en el fondo somos unos inocentes niños cual mayor placer es acariciar a un cachorro, nos hemos convertido en desmembradores de carne? Nos hemos acostumbrado a la crueldad e injusticia, a la implacable mirada del depredador que no necesita tal masacre, ya que biológica mente no está programado para consumir alimentos animales y, aún así, se niega a creerlo para continuar con su sangrienta devoción.
Sé que muchos optarán por no escucharme, por poner aquella inútil venda en sus ojos, pero no lograrán callar sus gritos desgarradores de dolor y miedo, no lograrán limpiar la sangre animal con la que están tiñiendo el mundo y, mucho menos, lograrán que yo vuelva a probar un cadáver de un ser que sufrió el sentir una navaja en su cuello sin poder escapar.Por favor, intenta mirar más allá de donde estás parado y visualiza la realidad, no la impuesta por una ciega sociedad, sino la que tú tengas que descubrir a través de tus ojos.